Sanguijuelas del Guadiana en Madrid: la explosión del orgullo extremeño

/ mayo 9, 2026/ Crónicas

Hay momentos en los que Madrid, por un instante, deja de ser Madrid. A veces pasa con el centro, que se vuelve un tanto «internacional», y otras sucede en lugares más recogidos que se transforman en pueblo. Un pueblo del Jerte, de la Vera o de la Siberia extremeña, lleno de paisanos que van a disfrutar de unas fiestas, de una tarde con amigos y de la buena música. Eso es lo que pasó esta semana en La Riviera. La sala madrileña cambió su empadronamiento y dejó de ser un rincón de la capital para convertirse en «tierrina». La segunda de las tres citas no fue un concierto más; fue el momento en el que, como bien dijo Juan, marcaría (aún más) la historia de los Sanguijuelas.

Mientras las banderas de Extremadura empezaban a ondear ya en las puertas, el ambiente se iba caldeando con una banda sonora que es ADN puro: Robe, Extremoduro y Extrechinato y Tú amenizaron la espera. Especialmente cuando sonaron los acordes de ‘Standby’, La Riviera dejó de ser una sala para convertirse en una garganta gigante gritando un himno que ya es patrimonio de nuestra generación.

Tras unos quince minutos de retraso (causados por esas cervezas previas que se apuran hasta el final), empezó a sonar la ‘Intro’. Manu Oliva salió al escenario y, tras él, las puertas de la cochera se abrieron para que irrumpiesen Juan Grande, Carlos Canelada y Víctor Arroba. Con los primeros acordes de ‘100 amapolas’ se desató la absoluta locura. ¿Habéis estado alguna vez en La Riviera? Si no es así, aquí tenéis una imagen visual de lo que pasó: en el techo de la sala hay confeti perenne de otros conciertos, y la potencia sonora de los Sanguijuelas fue tal que hizo que ese confeti lloviese sobre nosotros.

Tras ese arranque brutal, los de Casas de Don Pedro hicieron un repaso por todos los temas de su primer trabajo. Lo hicieron con una conexión total con el público, extremeño en su mayoría, como no podía ser de otra forma. Porque en nuestra región pasa una cosa: el orgullo con el que vivimos la identidad extremeña no se puede explicar así como así; se nota y se siente. Somos esa gente que ha salido pronto de casa y que no sabe cuándo volverá, así que no tenemos reparo en hacer de cualquier sitio nuestra propia «casa de Extremadura» por un rato (con perdón del Hogar Extremeño de Madrid, por supuesto). Tal vez por eso, la letra improvisada del tango popular ‘De Badajoz yo me he venío’ o el estribillo de ‘Jaribe’ sonaron con más emoción de la habitual.

Dentro del repertorio de la noche sonaron canciones propias, pero también hubo momento para las ajenas. Juan, haciendo de maestro de ceremonias, propuso un brindis por «una persona que nosotros escuchábamos desde la tripa de nuestras madres; influencia de nuestras canciones». El público ya sabía de quién hablaba y empezó a corear su nombre antes de tiempo. «¡Pero si no he dicho ni quién es!», bromeó Juan. Pero es que no hacía falta: el «Rey de Extremadura» es único e inconfundible. Cantaron ‘Nada que perder’ y lo hicieron con la sensibilidad y el respeto que estos chicos han demostrado tener siempre por Robe y por su música.

Antes de arrancar la recta final, deleitaron a los presentes con una nueva canción: con más toques guitarreros, pero fiel a los sonidos y las raíces a las que nos tienen acostumbrados. Justo después se vivió un momento increíblemente emocionante cuando subió Celia Romero para cantar ‘Revolá’. La voz de Celia y su fuerza impregnaron la sala, mientras los presentes hacían los coros con más corazón que otra cosa. Volvieron a los homenajes con ‘Me quedaré’ de Estopa, en el que fue uno de nuestros momentos favoritos de la noche. La manera en la que fluye la canción de los hermanos Muñoz y se fusiona con ‘100 amapolas’ (que sonó por segunda vez en la noche) es brutal. 

Se escuchó entonces una voz entre bastidores: «Pasan los años deprisa…», cantaba Javi Medina mientras salía al escenario para interpretar ‘Septiembre’. El que ha sido durante muchos años líder de Aldeskuido fue, claramente, uno más de la banda. Juan bromeó al final sentenciando: «Extremadura son tres: Cáceres, Badajoz y Leganés».

Para la despedida, los Sanguijuelas encaminaron el final por todo lo alto con ‘Llevadme a mi Extremadura’, esa canción que fusiona un poema con aires de techno y rock. Las banderas verde, blanca y negra se izaron, y en la noche madrileña se escuchó como nunca aquello de: «Llevadme a mi Extremadura y allí dejadme en mi tierra. Esparcío por lo’ aire’ para abonar la cosecha». Y ahí, en ese preciso instante, fue cuando La Riviera definitivamente cambió de código postal. Dejó de ser madrileña para convertirse en un refugio de la Extremadura joven y emigrante que encontró allí, con los Sanguijuelas, un pedacito de su hogar.

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Extremeña afincada en Madrid desde hace demasiados años. Me gusta escribir, así en general, pero sobre todo de música y libros.

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