Lo siento, Robe, es inevitable

/ diciembre 10, 2025/ Artículos

Probablemente Robe nos esté mirando ahora, desde algún sitio donde se encuentre su alma imperecedera, enterrao con la picha por fuerta y nos estará mandando a todos a tomar por culo. Probablemente esté odiando tantas muestras de afecto, tanto lloro, tanto dolor y tanta pena. Pero qué le vamos a hacer, hoy todos estamos tristes y un poco huérfanos. Ya lo dijo él en su momento, gustar a todo el mundo no significa que seas bueno, hay mucha gente que es idiota. Pero aquí pasa una cosa, él era bueno entre los buenos. 

Extremoduro y Robe han formado parte de millones de vidas, banda sonora de adolescencias, de fiestas en La Madrila y tardes de melancolía. En Extremadura es como una especie de rito de iniciación, llegan los primeros indicios de la adolescencia, de la primavera y llega Extremoduro. No tienes ni idea de nada, te queda toda la vida por delante, pero empiezas a aprender de lo que va la vaina al ritmo de ‘Salir’, de ‘La vereda de la puerta de atrás’ , ‘Quemando tus recuerdos’ o de ‘Brilbriblibli’. Es un rito. Llegas tú a Extremoduro o Extremoduro llega a ti. Tanto da. Una vez que entras ya no sales. Y entiendes por qué Robe es el rey de Extremadura, haces tuyos sus versos y comprendes qué quiere decir cuando canta aquello de «prefiero ser un indio, a un importante abogado». 

Recuerdo allá por 2012, con mis 21 años, un concierto en el Hípico de Cáceres, un Robe Iniesta seco e irreverente, como era él, entregado a un público que hacía demasiados años que ansiaba volver a ver a Extremoduro en casa. Hay dos cosas que siempre recordaré de esa noche, el olor a panceta ibérica que impregnó el ambiente a la salida y el momento en el que tocaron la «Ley Innata». Era uno de los últimos discos de la banda y había recibido críticas por doquier. A mi lado un chaval no paraba de quejarse de que aquello no era Extremoduro, que ya no era lo mismo, le mandé a la mierda, claro, y lo siguiente que hice fue entregarme al momento. Tocaron el disco del tirón, sin pausa, todos los movimientos, uno a uno como si de un pulso a la música se tratase. Lloré como nunca con ‘Dulce introducción al caos’. Fue una de las mejores catarsis de mi vida. 

Como extremeña emigrante, Extremoduro siempre ha sido la manera en la que mi alma volvía un poquito a casa. Escuchar sus letras en mitad del caos de Madrid era mi manera de visualizar Monfagüe, de viajar a ‘Extrema y Dura’, de sentirme más allí que aquí. No sé cuántas veces he llorado y he reído con sus canciones, cuántas veces las he cantado a grito pelao. Lo seguiré haciendo, porque si hay una suerte en todo esto, y es que el maestro se va, pero su legado seguirá aquí. Su ‘Espíritu Imperecedero’. Seguiré viviendo ese momento de euforia colectiva con mi gente cuando suene ‘So payaso’ en medio de cualquier bar. 

Recuerdo que tras ese concierto de 2012 me obsesioné. Juré haber visto a Dios, o a ‘Jesucristo García’, que para el caso era lo mismo. Y, con el tiempo, entendí una cosa: me daban pena todos aquellos que no era capaces de ver la evolución de Robe. El viaje de sus letras, todo lo que había más allá. El legado musical de Extremoduro es patrimonio de la humanidad. Como lo es su triunfo pese al viento y la marea, su actitud ante la vida, sus mensajes llenos de rabia y amor. Pero Robe ha sido mucho más que eso. Sus últimos discos son de lo mejor de su carrera, son obras de arte, de esas joyas que a lo mejor no son las más brillantes, pero son las que te sientan bien de cojones. Negar eso es no entender nada. 

Hoy todo el mundo llora la marcha de alguien que era más poeta que músico, de un alma que supo escribirle al mundo desde las tripas. Pero es que no se puede esperar otra cosa. Es imposible que una figura como Robe no deje tanta pena y tanto dolor con su muerte. Él hablaba de hacer otra gira, de volver, o de nunca irse. Él hablaba del tiempo como el que habla de un viejo amigo. Yo también lo esperaba, porque inocente de mí, esperaba que Robe fuese eterno. Nos queda el consuelo de que en cierta forma, lo será. 

Gracias, Robe, gracias por alumbrar nuestro camino con el fuego de tu poesía. Gracias por escribir ‘Si te vas…’, la canción de amor más bonita que jamás será escrita. Gracias a los dioses por habernos hecho coincidir contigo. Gracias. 

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Extremeña afincada en Madrid desde hace demasiados años. Me gusta escribir, así en general, pero sobre todo de música y libros.

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