Cuando la música se hizo arte

/ septiembre 25, 2020/ Artículos

En los tiempos anteriores al siglo XIX, los músicos eran trabajadores sin más, unos “obreros” por así decirlo, pero Beethoven marcaría un antes y un después en la forma de ver la música hasta el punto en el que la vemos actualmente. Para explicarlo me serviré de algunos de los grandes compositores que todos conocemos.

Las composiciones musicales no eran consideradas como obras de arte, sino más bien como encargos sin importancia. Era de lo más común que los poderosos aficionados a la música, los llamados diletantes, encargaran composiciones a sus músicos preferidos para tocarla en sus respectivos palacios, ya sea por ellos mismos, ya sea por los músicos de su corte, y hacían llegar sus deseos mediante mensajeros personales o cartas. Comprar una obra musical era como comprar cualquier otra cosa, por ejemplo, un sofá. Eran papeles que servían para una función específica y después no volvían a mirarse, puesto que los músicos no buscaban la fama sino los medios para subsistir. Por ejemplo, es típico de Johann Sebastian Bach no encontrar apenas anotaciones en sus partituras, ya que su finalidad era enseñar la lección o la obra a su alumno, o también interpretarla en misa y nunca más utilizarla, ya que al terminar de tocarla o en señarla, acto seguido, debía iniciar la composición de algo nuevo para la siguiente misa o la siguiente clase. No eran necesarias esas anotaciones por el hecho de que la música se hacía con poco tiempo de diferencia entre el momento de la composición y el de su utilización, por lo que las sabían de memoria, o aún no

Los conciertos de música en este tiempo son completamente extrapolables a un bar con música de fondo que poca gente presta atención hoy en día, hasta el punto de que tenemos constancia de una carta que Mozart dirigió a su padre en la que le expresaba su sorpresa porque en uno de sus conciertos se hizo el silencio. No era algo para nada normal, sino que lo común era que la gente estuviera hablando, comiendo y socializando, y solo en momentos muy claves de la música, mostraban algo de interés, aunque luego volvían a lo suyo. El concepto que tenemos hoy en día de concierto serio, en el que todo el mundo ha de estar en silencio y prestar absoluta atención nacería con Mahler (1860-1911), mucho tiempo después.

Sin embargo, todo esto cambió con la figura de Beethoven, que fue el primero considerado como artista. Su particularidad es que se hizo mito cuando aún vivía. Esto fue posible gracias a que E.T.A. Hoffmann, un escritor de género fantástico que participó activamente en el movimiento romántico de la literatura alemana, glorificó a Beethoven en uno de sus escritos, fundamentándose no tanto en el análisis estético como en el impacto emotivo de sus obras. Con lo que podemos decir que, con los primeros artículos de Hoffmann en el año 1810, comienza un proceso de consolidación de los términos Romanticismo y romántico.

Con Beethoven no había punto medio, la gente lo amaba o lo odiaba ya que tenía una manera de composición muy armónica, muy acórdica, aquello por lo que se caracteriza el estilo germano de composición, para que me entendáis, no melódico. Aunque Beethoven siempre fue fiel al estilo clásico, fue él (su figura mitificada) quien inició el movimiento romántico, en cuanto a compositores se refiere (junto a muchos aspectos sociales que harían este artículo interminable), es por así decirlo, el compositor bisagra entre el clasicismo (S. XVIII) y el romanticismo (S. XIX).

Lo que Hoffmann realmente inspiró o creó con sus artículos y novelas, fueron los conceptos de principio de separatividad e ilusión romántica. Evidentemente, el nombre de estos conceptos surgió por parte de investigadores y estudiosos mucho tiempo después de su surgimiento.

El principio de separatividad hace referencia a la separación absoluta del arte respecto del mundo de lo ordinario, del mundo mortal, lo que desembocaría en la divinización o romantización tanto de los compositores como de sus obras. Es por ello que a partir de mitos, tenemos imágenes o ideas ya creadas en nuestra cabeza. Por ejemplo, la del típico músico atormentado que fácilmente podría definir a Beethoven o Schubert, cuando realmente lo que tenían era una grave depresión. También que Liszt fue el primer “sexo, drogas y rock and roll” ya que dicen que las mujeres se desmayaban rendidas a sus pies durante los conciertos, cuando realmente lo que pasaba es, que entre los corsés de los vestidos y el calor que se creaba en la sala por la gente durante el concierto en un espacio muy pequeñito, se desmayaban por no poder respirar o por bajones de tensión. Así podríamos seguir largo y tendido enumerando a compositores de gran renombre hasta hartarnos.

En conclusión, la música se hizo arte y los compositores se hicieron artistas con la entrada del siglo XIX. Fue en ese momento en el que la profesión de músico dejó de ejercerse como un empleo enfocado a ganar dinero para poder comer, y empezó a hacerse música por amor a ella. Ello conllevaría a la fascinación del público hasta el punto de considerar casi dioses, o al menos divinos, a algunos compositores.

 

El Museo Imaginario de Obras Musicales: un ensayo sobre la filosofía de la música en PDF

Oxford scholarship online

Stanford libraries. Para leer en línea.

+ posts

Estudio musicología pero no sé nada de música.

Compartir esta entrada